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LA VIRGEN MARIA


Virgen de Guadalupe

La amada madre de nuestro Señor Jesucristo es la presencia amorosa más importante que Dios ha podido obsequiarnos para que guíe nuestras vidas en este camino terrenal que indefectiblemente culmina en Dios.

Es la encarnación de la dulzura, la ternura, la compasión y el Amor Incondicional que Jesús nos legó a toda la humanidad cuando en la cruz nos la dio a todos los hombres, para que la amáramos, veneráramos y respetáramos del mismo modo en que Él lo hizo.

La Virgen María, madre de Dios hecho hombre y madre nuestra, sus hijos limitados y pequeños, confusos y desorientados, es el camino más dulce y seguro para llegar a Dios. Si nos tomamos de su amada mano, si confiamos y nos entregamos como niños a Ella, jamás nos sentiremos solos y siempre, en toda circunstancia de nuestra vida, sabremos con absoluta certeza que podremos enfrentar las pruebas más duras y difíciles que nos toquen vivir, porque sentiremos que jamás desamparará a sus pequeños hijos.

Debemos imitar su ejemplo de Amor, aceptando la voluntad de Dios para nuestras vidas, tal como ella lo hizo cuando le fue anunciado que en su glorioso vientre ya moraba el Hijo del Supremo y siendo a lo largo de su vida, fiel reflejo de la obediencia a Dios, del amor silente hacia su Hijo, de la docilidad y la entrega total.

LA VIDA DE LA VIRGEN MARIA

La Virgen María nació de dos padres de avanzada edad, Ana y Joaquín, descendientes de la estirpe de David, probablemente en Jerusalén, en una casa denominada Probática, cuya denominación se debe a un estanque ubicado en las cercanías.
En cuanto a su Inmaculada Concepción, la Iglesia se pronuncia y define que la Santísima Virgen María fue preservada de toda mancha de pecado original, en virtud del privilegio y gracia concedidos por Dios. La fiesta de la Concepción de María se celebra el 8 de Diciembre.

Poco sabemos sobre su infancia, pero se supone que vivió en casa de sus padres, y llegada la edad en que las doncellas habían alcanzado la edad del matrimonio, la cual era cuando cumplían doce años y seis meses, se celebraban los esponsales, momento a partir del cual la novia pertenecía legalmente al novio, aunque no vivía con él hasta un año después, que era cuando se celebraban las bodas. María fue prometida a José.
En este estado de cosas, María recibe la visita del Ángel Gabriel que le anuncia que habiendo hallado gracia ante los ojos de Dios iba a concebir y dar a luz un hijo a quien pondría por nombre Jesús. Dijo Gabriel: “Él será grande y será llamado Hijo del Altísimo y el Señor Dios le dará el trono de David, su padre; reinará sobre la casa de Jacob por los siglos y su reino no tendrá fin”.
María en un incomparable ejemplo de obediencia responde: “He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra”.
También en ese momento el Ángel Gabriel le anuncia que su prima Isabel ha concebido un hijo a pesar de su avanzada edad y de ser estéril. Ante esto, la Virgen María, sin dudarlo, corre presta a visitarla, y ante su saludo, el niño que estaba en el seno de Isabel salta de gozo dentro del vientre de su madre.
De regreso de esta memorable visita, María debía poner en conocimiento a su prometido, José, situación por demás difícil para ambos, y es así que el decide no denunciarla y repudiarla en secreto. Dios resuelve esta situación enviando un ángel que se aparece en sueños a José, el cual le dice: “José, hijo de David, no temas recibir en casa a María, tu esposa, pues lo concebido en ella es obra del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo, a quien pondrás por nombre Jesús, porque salvará a su pueblo de sus pecados".
José, obediente de la voluntad de Dios, celebra el matrimonio con María.
Posteriormente, en virtud de un decreto de César Augusto que ordenaba un empadronamiento general, María y José se pusieron marcha desde Nazaret hasta Belén, y dado que esto había atraído a multitud de extranjeros a la ciudad, María y José no hallaban lugar en las posadas y debieron alojarse en una gruta que servía de refugio para los animales. Es estando en ese lugar que comienzan las labores de parto de la Virgen, y producido éste y según San Lucas lo narra en su Evangelio, la Virgen María envuelve en pañales al Niño y lo acuesta en un pesebre.
A los ocho días de nacido, este bello niñito es circuncidado y llamado Jesús. Cuarenta días después es presentado en el templo para su purificación y en este rito, presentan el sacrificio de los pobres, que consistía en un par de tórtolas.
Tras la presentación, la Sagrada Familia regresa a Belén y reciben la visita de los “Magos de Oriente”, quienes lo adoraron y le ofrecieron sus dones de oro, incienso y mirra.
Transcurrió apacible la infancia de Nuestro Señor Jesucristo, y según los evangelios, el Niño crecía y se fortalecía lleno de sabiduría y la gracia de Dios estaba en Él.
Ya durante la vida apostólica de Jesús, María pasa casi completamente inadvertida y no interfirió nunca en su trabajo como una presencia inoportuna.
Y al pie de la cruz, donde su hijo sufría el peor de los tormentos por nuestros pecados, estaba su Santa Madre, en compañía de Juan, su discípulo amado, y en las trascendentes palabras “Mujer, he ahí a tu hijo” y a Juan, “He ahí a tu madre”, nuestro Amado Jesús nos lega de forma permanente a toda la humanidad a su madre, para que a ella acudamos, en ella confiemos y encontremos el maravilloso consuelo de su corazón, pleno de Amor Misericordioso hacia sus pequeños hijos, Amor Incondicional que todo lo perdona, todo lo pacienta, todo lo acepta.